nov 1, 2010

Publicado por en Historia, Reflexiones

La lección de paz de Muhammad Alí

Nadie puede poner en duda que Muhammad Alí, tricampeón mundial de los Pesos Pesados, fue uno de los mayores boxeadores de todos los tiempos. Tenía la técnica, tenía la fuerza y tenía la velocidad (dicen algunos que su secreto era la capacidad de imprimir fuerza desde sus dorsales, lo que le permitía ejecutar golpes rápidos, pero a la vez muy contundentes). Era, en definitiva, un auténtico artista del cuadrilátero.

Pero lo que quizá no sepáis es que Alí no debería haber necesitado una segunda conquista del título. En todo caso, su combate contra Joe Frazier tendría que haber sido una defensa del título, por el hecho de que Alí nunca perdió su primer título. No al menos por una derrota. Le fue arrebatado por el gobierno de los Estados Unidos por negarse a participar en la Guerra de Vietnam.
Alí no quería ser parte de la guerra tanto por motivos tanto religiosos como raciales. Por un lado, Alí, miembro en aquél entonces de la Nación del Islam (un grupo religioso algo radical formado por afroamericanos), y que más tarde se convertiría al Sufismo, declaró que la guerra estaba en contra de las enseñanzas del Sagrado Corán, y además manifestó sentir una sensación de hermandad hacia los vietnamitas, a los que consideraba otro “pueblo marrón” oprimido por “hombre blanco”, una injusticia a la que era momento de poner fin. Según él mismo dijo, ningún Vietcong le había llamado “negrata” (Nigger) y, por tanto, no tenía ningún problema con ellos.
Por no aceptar su reclutamiento forzoso y declararse objetor de conciencia, Alí fue arrestado, despojado con deshonra de su cinturón de campeón (aunque permítanme decir que quienes se deshonraron realmente con esta acción fueron los miembros de la Comisión Atlética de Nueva York), condenado a pagar una multa de 10,000 dólares y a pasar cinco años en prisión (y aunque esta última parte de la condena no llegó a ejecutarse, a Alí le fue prohibido boxear y tuvo que mantenerse apartado de su carrera profesional durante cuatro largos años).

Aunque si lo que quería la Corte Suprema era dar un castigo ejemplar a una figura pública para mostrar qué les iba a pasar a los objetores, la cagaron pero bien. Porque el caso de Alí abrió los ojos a muchas personas sobre la cruenta realidad de una guerra absolutamente sangrienta y abominable, que contaba entre sus grandes simas de gloria con bombardeos de Napalm sobre aldeas para que los Vietcong no pudieran obtener comida, o con el uso defoliantes como el “agente naranja” para esterilizar el suelo (y en un país donde el 99% de la gente vive de la producción agraria, te puedes imaginar lo que significa eso), un lugar del mundo donde, para empezar, no tendrían que estar (la guerra que tenían los vietnamitas era una guerra de liberación contra Francia, de quienes eran colonia, y los americanos se metieron allí de por medio para “ayudar a proteger Vietnam del comunismo” (hasta el punto que un oficial americano declaró que en cierta aldea la cosa se había vuelto tan peliaguda que habían tenido que “matarlos a todos para salvarlos”. Pues vaya, menos mal).

Muhammad Alí también fue un símbolo para su propia nación, que a pesar de haber luchado en las dos pasadas guerras mundiales (con la promesa de una mejora de sus derechos, mentira total), así como en esta (se calcula que en Vietnam cayeron en combate dos negros por cada blanco que murió), eran tratados como despojos sin derechos por su propio país, que sólo los llamaba americanos cuando quería que sangrasen por él o ganasen medallas (ya fueran olímpicas o militares).
A la mente prodigiosa de Alí pertenece también la definición más ingeniosa, así como también triste y sincera, de qué fue Vietnam: “un conflicto donde los blancos mandaban a los negros a matar amarillos para proteger la tierra que habían robado a los rojos”.

Años más tarde, Alí logró ganar su apelación en el caso Clay vs Los Estados Unidos, un nombre que creo refleja bien a lo que se estaba enfrentando, volvió a boxear y (es bien cierto que sus sudores le costó) recuperó su título de campeón del mundo de los Pesos Pesados en el llamado “Combate del Siglo”.
Pero su mejor victoria, o al menos eso pienso yo, fue aquella para la que no necesitó usar los puños. Sólo su integridad.

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