nov 11, 2010

Publicado por en Historia

Simo Häyhä, la Muerte Blanca

Los finlandeses sufren lo que entre los aficionados a la historia militar se denomina como “una gran putada geográfica”, porque son una nación cuyo territorio se encuentra entre Suecia, un país mucho más poblado y poderoso, y Rusia, típico país que, como a Alemania, a veces le entran unas fiebres que se lía a conquistar todo lo que se mueve. Por eso han aprendido a ser duros, muy duros.
El artículo de hoy trata de uno de esos soldados legendarios que aparecen de vez en cuando, en conflictos a veces olvidados, como este, y se convierten en auténticos salvadores para sus pueblos. Estoy hablando de Simo Häyhä, el héroe nacional finlandés, apodado “La Muerte Blanca”. Considerado el mejor francotirador de toda la historia.

Simo Häyha (1905-2002)

Estamos en los días de la Segunda Guerra mundial, en 1939. Hitler y Stalin han hecho un pacto: no pelearían, siempre y cuando ninguno de los dos se metiese en el patio del otro. Así, mientras ingleses, franceses y alemanes se daban de tortas en el otro extremo de Europa, Stalin decidió anexionarse una pieza del tablero por la que llevaba tiempo relamiéndose los bigotes: Finlandia.

Sería una guerra relámpago, o eso pensaba él: Un enormísimo contingente ruso invadiría la zona, y el escaso ejército finlandés no sería capaz de resistir el apabullante ataque soviético. Sólo había que comparar números: los rusos tenían 3880 aviones y más de 6500 tanques, mientras que los finlandeses tenían sólo 114 aviones y un ridículo número de 32 tanques. Además, los soldados soviéticos superaban a los finlandeses por 3 a 1.
Y, sin embargo, los finlandeses lograrían poner en jaque a la Unión Soviética entera, hasta el punto de que, si bien no ganaron, tampoco perdieron.

No. No fue un milagro. Los finlandeses, cierto es, no podían competir con los rusos en campo abierto. Hubiesen sido aniquilados. En su lugar, practicaron una especie de guerra de guerrillas, desarrollando una técnica de combate poco convencional: el esquí. Los finlandeses se camuflaban con uniformes blancos, invisibles entre la nieve, y abatían las patrullas y guarniciones rusas con sus rifles. Y cuando los soviéticos se organizaban y se dirigían hacia la posición del tirador, no encontraban nada, sólo unas marcas de esquís en la nieve.

Simo Häyhä era el mejor de todos. A lo largo de los 105 días que duró la guerra logró abatir más de 500 enemigos (505 oficialmente, más según otras fuentes), una cifra nada despreciable, especialmente teniendo en cuenta que no utilizaba mirilla. Para Häyhä, el camuflaje era lo más importante. Se enterraba en la nieve, se colocaba una máscara blanca y no usaba mirilla telescópica que pudiese, por un destello de luz, revelar su posición.
Los soviéticos le tenían auténtico pánico. Mataba sin aviso, y después desaparecía. Se convirtió en una prioridad para el mando ruso: intentaron capturarlo con múltiples ofensivas y emboscadas, Stalin cada vez mandando más soldados y recursos militares a esa “pequeña guerra” que debía haber ganado en días, pero Häyhä era un fantasma. La muerte blanca.Finalmente, fue herido de bala en la mandíbula durante una batalla, y quedó inconsciente.
Despertó el mismo día que su país firmaba la paz con Rusia (una paz con concesiones, cierto, pero que garantizaba la supervivencia de ese país, aunque un año más tarde caería en manos soviéticas, en otra guerra). Se había convertido en una leyenda para su país, pero él se dedicó a lo que había hecho siempre: a ser granjero y pastor.

Una vez le preguntaron que cómo había logrado ser tan buen tirador. Él sencillamente respondió que “practicando”. Esa humildad hace aún más grande su gloria.
Murió en 2002, pero su leyenda sigue viva en el corazón de los finlandeses.

Fuentes:
wikipedia.org
History of the Winter War (1939-1940) (Ed. Stronhold, Sullivan H.)

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