Publicado por Fenris en Historia
Los Cinco de Cambridge
Parece que la última movida de wikileaks ha levantado ampollas entre cierta gente. Hay quienes dicen que todo el asunto está orquestado por la CIA para poner en boca de otros su propia propaganda.
Pero yo no lo creo. Para empezar, por la clase de informaciones reveladas: Aunque el fundador de wikileaks hablaba de esta última filtración casi como si se fuese a filtrar la verdad sobre Roswell, en realidad no eran más que cotilleos: Que Berlusconi montaba fiestas, que el presidente de Irán es un paranoico son cosas que ya sabíamos, igual que que en Irak había habido abusos por parte de las tropas. Eran lo que prometían: nada más que notas sobre la personalidad de los líderes y demás para que los diplomáticos pudieran consultarlas.
Pero la principal razón que me hace pensar que no son una manipulación es que su fuente, ya sea un secretario avispado o un grupo de hackers con los huevos bien puestos, debe tratarse de personas con altos estudios. La clase de personas que, por lo general, poseen puntos de vista más abiertos, acordes con esa cierta “ideología libertaria” de la que wikileaks (y, en realidad, todo movimiento “wiki”) es deudora. Y por eso, precisamente, me recuerda tanto al caso de la famosa red de espías conocida como Los Cinco de Cambridge.
La historia de los Cinco comienza ligada a la universidad que le da nombre, en algún momento indeterminado de los años 30. En aquél entonces, era normal cierto fervor antifascista entre algunas clases sociales inglesas: Al fin y al cabo, Alemania e Italia habían caído ya ante ese movimiento. Era una época de revoluciones, se respiraba cierto “ambiente de cambios”: la stalinísima URSS, gracias a su industrialización “a las buenas o a las malas”, acababa también de convertir a la antaño olvidada Rusia en un jugador decisivo del tablero europeo. Los durísimos crímenes del stalinismo aún no eran conocidos (y no lo serían por muchos años más, que para algo eran un aliado contra los nazis), y lo que llegaba hasta el resto de Europa era el mensaje de una “utopía de los trabajadores” donde las diferencias (hay que admitir que eso fue bastante cierto en el caso del feminismo) habían sido abolidas, imagen que los propios rusos se esforzaban en fortalecer mediante la financiación de arte propagandístico y el realismo socialista.
En ese entorno, algunos jóvenes idealistas ingresados en las filas del Partido Comunista fueron reclutados por la inteligencia soviética como espías. Eso no sería sorprendente si no fuese porque todos ellos provenían de familias acomodadas. Dos de ellos incluso eran miembros de la sociedad secreta (si, ya sabes, esas versiones hardcore de las Hermandades Universitarias a las que se juntan los niños que en el futuro serán los dueños del mundo) de los Apóstoles. En el grupo habían hijos de Sires británicos, así como otros que lo llegarían a ser. La URSS podría comprar a muchas personas, pero no podía ofrecerles gran cosa a éstos, más que la esperanza de estar colaborando en la creación de un mundo mejor, de tal manera que los ingleses no sospecharon de ellos.
Durante años, los Cinco filtraron al lado rojo del telón de acero una innumerable cantidad de información, incluidos detallados planes sobre la estrategia militar de la OTAN. Todos ellos medraron, llegando ser altos cargos dentro del Servicio Secreto, la diplomacia británica y la cultura (el caso de Anthony Blunt, historiador del arte y asesor personal de la reina). Cuando el círculo policial (que tardó más de 25 años en caer en cuenta de que cada día había menos papeles en las oficinas de estos señores) fue cerrándose, la gran mayoría desertaron a la URSS, donde los comunistas les recibieron con grandes honores.
Diferente fue el caso de Blunt, que por su renombre académico (además de que no hubiese quedado demasiado guay decir que este tío que tan bien les caía era un informador comunista y se la había dado con queso a todos). Su historia fue secreta hasta 1979.
En cuanto al quinto hombre, cuya identidad era desconocida, se sospechó de muchísimas personas (incluido el filósofo Ludwig Wittgenstein, que lo menciono porque soy del gremio). Finalmente se descubrió su identidad (pero porque lo revelaron los propios rusos, que si no tendríamos aún teorías conspiracionistas para rato).
Por haber luchado por lo que creían, y haber intentado lo correcto a pesar de estar equivocados (ya se sabe que el camino hacia el infierno está lleno de buenas intenciones), les recordamos como Los Cinco de Cambridge: Kim Philby, Donald Duart, Guy Burgess, Anthony Blunt y John Cairncross.
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