ago 1, 2011

Publicado por en Reflexiones, Sociedad, Varios

Preparar una clase

 

¿Así que tienes que preparar una clase y aún no sabes cómo hacerlo? Bien, después de leer esto tendrás una idea aproximada o, al menos, habrás perdido ese pánico característico que cualquiera puede sufrir alguna vez al enfrentarse a una audiencia.

 

Hablaremos en modo genérico, es decir, estos consejos podrán aplicarse a clases de cualquier tema o materia, ya sea lenguaje, ciencias, música, artes, actividades físicas y demás.

 

  • Ante todo debemos dejar a un lado nuestras inseguridades. Cierto es que, en un primer momento, todos podemos estar nerviosos pero debemos ganar terrero en términos de auto-confianza para mostrar seguridad. La inseguridad al hablar la percibimos nosotros y también nuestro alumnado, que puede ir desde los cuatro o cinco años hasta los sesenta, por fijar una franja de edad. Al mostrarnos seguros, transmitimos esa seguridad al alumno y nuestro rol como enseñante es reforzado. Existen distintos modos de evitar que nos tiemblen la voz o las manos como, por ejemplo, sostener un bolígrafo al hablar o dar pequeños pasos por el espacio donde estamos impartiendo la lección.

 

  • Quizás a alguien le parezca inapropiado lo que a continuación mencionaré pero se trata de una realidad. El profesor y el alumno deben posicionarse en lugares distintos puesto que alguien que transmite conocimientos debe situarse “por encima del otro”. Con esto no quiero decir que el enseñante esté en plenas facultades para faltar el respeto al alumno, muchos cometen este tipo de errores pero no es lo correcto. Lo correcto es que el respeto exista entre ambos puesto que los dos merecen ser tratados como esperan. Eso sí, el profesor tiene unos conocimientos más desarrollados que el alumno y su propósito es que éste los adquiera, es por esto que el alumno debe admirarlo y, en la medida de lo posible, estar agradecido. Todos nos hemos reído del profesor que llevaba chanclas con calcetines, que seseaba o que nos bañaba en saliva al hablar, sin embargo la situación cambia por completo cuando somos nosotros los que estamos en el lugar del enseñante. En definitiva, cuando somos enseñantes no debemos abusar de esa posición pero, a pesar de que el alumno sea mayor en edad que nosotros, debemos mostrarnos seguros y posicionarnos en ese rol que nos toca interpretar.

 

  • Planificar las clases es sumamente importante. Básicamente, tendremos que calcular qué actividades haremos en el tiempo en el que la clase transcurre. De ese modo, siempre sabremos qué hacer o cómo actuar y, volviendo con el tema de la “auto confianza”, nuestra clase será mucho más segura que si, simplemente, improvisásemos. Dejando a un lado la temática y el contenido de la clase y la edad del alumnado, una buena manera de dividir las actividades es haciendo, primeramente, algo más “aburrido” y que requiera concentración y, después, una actividad más didáctica que de rienda suelta a la imaginación de los alumnos o que no requiera tanta concentración, como lo puede ser un juego.

 

  • Podemos hacer uso del contacto visual o no, pero si optamos por hacerlo, es decir, mirar directamente a los ojos del alumno, conseguiremos que se sienta más “controlado” y, al mismo tiempo, también ganaremos puntos en seguridad. Estamos muy seguros de lo que decimos, pese a que podemos equivocarnos, y es por ello que miramos a nuestra audiencia, para que sepan que lo que decimos es con conocimiento de causa, porque estamos seguros de que es cierto. Hay personas que, directamente, se incomodan al mirar a otras a los ojos, no obstante, al obligarnos a mirar a los ojos de los demás podemos llegar a conocer su estado: si se aburren, si nos prestan atención, si muestran entusiasmo, etc.

 

  • Ser uno mismo. Según el centro en el que estemos enseñando, cabe la posibilidad de que debamos seguir un cierto patrón en nuestro vestuario o, incluso, en nuestra forma de actuar. No obstante, si tenemos la posibilidad de ser nosotros, es decir, vestir como estemos más cómodos o, sencillamente, decir expresiones nuestras o hacer muecas que nos caractericen, las clases tendrán siempre un mínimo grado de informalidad que despertará interés en el alumno. Es por esto que recordamos al típico profesor que teníamos en literatura y soltaba refranes y frases hechas como “agárrense que viene curva”, “las tres y yo sin vender una escoba” o nos hacía memorizar poemas y refranes que no tenían mucho que ver con la lección pero quedan en el recuerdo.
  • Imitar a otros profesores no viene mal. Desde niños tendemos a imitar, aprendemos a hablar por imitación de los sonidos que articulamos y también actuamos según aquello que nos gusta hacer nuestro. No quisiera decir que debemos ser como el profesor de matemáticas que tuvimos en primaria sino hacernos con esa seguridad que le caracterizaba o, porqué no, repetir actividades o juegos que sabemos que gustaban a toda la clase y que hacía el señor menganito, profesor de plástica.
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